Hace unas semanas me llamaron de El País ICON para hablar del auge de la cosmética masculina para zonas del cuerpo que durante décadas han sido tabú. Con más de 20 años trabajando en marketing, branding y comunicación estratégica, este tipo de fenómenos son exactamente mi territorio: lo que me preguntaron no tenía nada que ver con la proctología y sí todo que ver con lo que ocurre cuando una industria intenta cambiar el comportamiento de un consumidor sin cambiar primero las creencias que sostienen ese comportamiento.

El País · ICON
«Toallitas para tíos»: llega la revolución de la cosmética para el ano masculino

Mi respuesta en ese artículo fue esta:

Isabel Benavides en El País ICON

«El humor normalizaba conversaciones que antes resultaban poco habituales y el packaging actuaba como una señal rápida de identificación, haciendo que el producto resultara familiar dentro de sus propios códigos culturales. Hoy el consumidor busca algo diferente. Las marcas más relevantes ya no venden únicamente funcionalidad. Venden identidad, estilo de vida y coherencia cultural.»

El País ICON · Junio 2026

Mientras lo explicaba, pensé en la cantidad de veces que he dicho algo casi idéntico en una sala de dirección. No sobre cosmética, sino sobre lo que pasa cuando una organización quiere cambiar su cultura y diseña un plan de acción sin preguntarse primero qué creencias están sosteniendo la cultura actual.

El error que comparten las marcas y las organizaciones

Cuando una marca quiere entrar en una categoría estigmatizada, el error más frecuente es actuar sobre el síntoma: el rechazo del consumidor. Se rediseña el packaging, se contrata a un famoso, se lanza una campaña con humor. Y funciona durante un tiempo, porque baja la guardia. Pero no cambia la creencia de fondo.

La creencia de fondo, en el caso de la cosmética masculina, era esta: cuidarse es poco masculino. Mientras esa creencia siguió intacta, el mercado tuvo un techo. Las marcas que lo rompieron de verdad no lo hicieron con mejor packaging. Lo hicieron redefiniendo qué significa cuidarse para un hombre: no es una concesión a la feminidad, es un acto de rendimiento, de control, de identidad propia.

Cambiaron el relato antes de cambiar el comportamiento. Y eso es exactamente lo que las organizaciones no hacen cuando intentan transformar su cultura corporativa.

El 70% de los procesos de cambio cultural en organizaciones fracasan. No por falta de recursos ni de voluntad. Según McKinsey, la causa principal es que se actúa sobre los comportamientos visibles sin trabajar los valores y creencias que los generan.

Las creencias organizacionales funcionan exactamente igual

Una organización es, entre otras cosas, un sistema de creencias compartidas. No escritas en ningún manual, pero presentes en cada conversación, en cada decisión, en cada silencio. Creencias como: aquí hay que parecer ocupado para parecer valioso, o pedir ayuda es señal de debilidad, o las ideas de los de arriba siempre van primero.

Cuando un comité de dirección decide que quiere una cultura más colaborativa, más innovadora, más orientada al bienestar, lo primero que hace es diseñar iniciativas: talleres, beneficios, nuevos procesos, nuevos valores declarados en la web. Todo eso es el equivalente corporativo del packaging renovado. Visible, medible, presentable en una reunión.

Pero si las creencias no cambian, el nuevo packaging no sirve. El equipo asiste al taller y vuelve a hacer exactamente lo mismo que hacía antes, porque el entorno sigue enviando las mismas señales implícitas: lo que se premia, lo que se tolera, lo que realmente importa aquí.

«No puedes cambiar una cultura corporativa diseñando nuevas iniciativas. Puedes cambiarla cuando cambias lo que la gente cree que es verdad sobre cómo funciona esta organización.»

Tres niveles de cambio cultural: lo que hacen las marcas y deberían hacer las organizaciones

Las marcas que han roto tabúes de verdad han operado en tres niveles simultáneamente. Las organizaciones que logran transformar su cultura también lo hacen, aunque raramente de forma consciente:

1
Nombrar lo que no se nombra

Las marcas disruptivas ganaron visibilidad al nombrar explícitamente algo que existía pero nadie decía en voz alta. Las organizaciones que transforman su cultura hacen lo mismo: nombran las creencias implícitas, las hacen visibles, las ponen sobre la mesa. Eso solo ya es transformador.

2
Redefinir la identidad, no el comportamiento

La cosmética masculina no le dijo al hombre «usa crema». Le dijo «el hombre que se cuida rinde mejor, dura más, es más competitivo». Cambió lo que significaba cuidarse dentro de su identidad. Las organizaciones que cambian cultura no piden nuevos comportamientos: redefinen qué significa ser un buen profesional, un buen líder, en esta empresa.

3
Coherencia entre mensaje y sistema

Una marca que vende autocuidado masculino pero usa publicidad que refuerza el estigma destruye su propio mensaje. Una organización que declara valores de confianza y bienestar pero premia el heroísmo individual y penaliza el error hace exactamente lo mismo. La coherencia entre lo que se dice y cómo funciona el sistema es la única palanca real de cambio cultural.

El rol del liderazgo en el cambio de creencias

Las marcas que transforman categorías tienen algo en común: un fundador o un equipo directivo que cree genuinamente en el nuevo relato y lo encarna antes de que lo haga el mercado. No esperan a que el consumidor cambie para entonces acompañarle. Cambian primero ellos y el mercado los sigue.

En las organizaciones, el líder es el sistema de creencias con patas. Lo que el CEO tolera define lo que la organización cree que es aceptable. Lo que el comité de dirección premia define lo que la organización cree que es valioso. Ninguna iniciativa de cultura corporativa puede superar la distancia entre lo que el liderazgo declara y lo que el liderazgo hace.

Por eso el cambio cultural genuino siempre empieza arriba. No porque los de arriba sean más importantes, sino porque son los que generan las señales implícitas que el resto de la organización interpreta para entender qué es verdad aquí.

La Certificación de Bienestar Laboral como sistema de coherencia

Una de las razones por las que acompaño a organizaciones en el proceso de la Certificación de Bienestar Laboral de AENOR y la World Happiness Foundation es precisamente esta: la certificación no es un sello. Es un proceso de auditoría que obliga a la organización a mirar la distancia entre lo que declara y cómo funciona realmente.

Ese espejo es incómodo. Y es exactamente lo que necesitan las organizaciones que quieren cambiar su cultura de verdad, no solo actualizarla en la web.

Las organizaciones certificadas en bienestar laboral reducen su tasa de rotación voluntaria entre un 25% y un 40% en los primeros dos años. No porque tengan mejores beneficios: porque han cerrado la brecha entre lo que dicen y cómo funcionan. Esa coherencia es lo que retiene el talento.

Conclusión: por qué el cambio cultural en empresas empieza por las creencias

Lo que la cosmética masculina me enseñó, y me reafirmó al hablar con la periodista de El País ICON, es que los mercados más difíciles de transformar no son los que tienen barreras económicas o técnicas. Son los que tienen barreras de identidad y creencias.

Las marcas que lo han resuelto lo han hecho trabajando en el nivel más profundo: cambiando lo que la gente cree que dice de ellos usarlo. Las organizaciones que consiguen transformar su cultura de verdad hacen exactamente lo mismo: trabajan el nivel de las creencias, no solo el de los procesos.

El packaging puede ser el primer paso. Pero si detrás del packaging no hay un sistema que sostenga el nuevo relato, la cultura vuelve exactamente al mismo sitio donde estaba.

IB
Isabel Benavides

Chief Happiness Officer y consultora estratégica en bienestar corporativo, comunicación y cultura organizacional para CEOs y equipos directivos. Más de 20 años de experiencia en marketing, comunicación y dirección empresarial. Sistema EJE™. Ha aparecido en El País, La Vanguardia, Expansión, El Economista, Emprendedores, TeleMadrid y Radio Libertad.

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